Fotografia: Armando Martí
Por: Armando Martí
Todos compartimos el mismo destino: la muerte. Si
hay algo que inquieta al ser humano es saber qué pasa en esta dimensión cuando
dejamos de respirar, pensar y sentir, es decir ¿existe una vida después de la
muerte y cómo es la transición? El hombre tiene un elemento espiritual y
energético, que le permite trascender esta etapa hacia una conciencia más
elevada, limpia y pura, desprendiéndose de lo físico/material para encontrar el
alivio y la evolución del espíritu.
En las culturas antiguas como los africanos,
egipcios, hindúes, griegos, romanos, celtas, babilónicos entre muchos otros,
honraban la muerte como un camino de perfeccionamiento, una metamorfosis hacia
planos elevados de conocimiento y discernimiento para desarrollar las
potencialidades innatas de la existencia infinita. Pero con el paso del tiempo,
los intereses religiosos, políticos y sociales, hicieron que se creara una
brecha cada vez más grande entre la vida y la muerte, especialmente en el siglo
VI tras el sínodo celebrado en Constantinopla por el emperador Justiniano,
donde todo lo referente a la preexistencia del alma y la reencarnación quedó
prohibido en los textos sagrados, empoderando a algunos personajes públicos que
empezaron a juzgar, criticar y condenar los comportamientos de las personas
según los méritos y faltas acumuladas, para obtener ciertos beneficios o
desgracias en el más allá, a través de las figuras de la culpa y el castigo.
De ahí, que este conocimiento pasó a convertirse en
un tabú y todo aquel que hubiera profundizado e investigado al respecto, fue
obviado de la historia y calificado de enemigo del Estado, desequilibrado
mental, ignorante y maldito como sucedió con algunos filósofos, místicos y
escritores. Ahora el reto era demostrar con medios materiales realidades
inexactas, reduciendo todo al funcionamiento biológico del cuerpo, en otras
palabras solo existía la vida y la muerte era el final de todas las cosas.
La inquietud del hombre ante los vacíos
existenciales y cuestionamientos sobre la esencia humana, promovieron nuevas
investigaciones hacia las posibles alternativas para interpretar la realidad y
se empezó hablar de los fenómenos paranormales, parapsicológicos y extrasensoriales,
que buscaban explicar hechos concretos, absurdos, censurados y vedados por la
sociedad.
Una de las pioneras en esta área de investigación
acerca de la vida, la muerte y el mundo del más allá, fue la psiquiatra y
científica suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross (1926 – 2004), quien
estudió las emociones de las personas desahuciadas o que tuvieron experiencias
cercanas a la muerte. Ella encontró patrones de comportamiento tras escuchar
atentamente las preocupaciones de los pacientes ante los escenarios de la
muerte, por ejemplo, de cómo entraban en contacto con sus seres queridos ya
fallecidos y la sensación de serenidad y relajación que los invadía minutos antes
de su último aliento. Son cinco fases por las que se pasa antes de morir:
negación, ira, negación, depresión y aceptación.
De igual manera, Kübler-Ross explicaba que debido a
factores culturales unos veían un túnel mientras que otros un paisaje, un
pórtico o un puente, acompañados de una luz blanca cálida y brillante, de la
cual emanaba un amor grande e indescriptible. Así lo narraba la doctora en
sus anotaciones: “Y en esta presencia, que muchos llaman Cristo o Dios,
Amor o Luz, se daban cuenta de que toda su vida aquí abajo no es más que una. Y
allí se alcanzaba el conocimiento. Muchos se dieron cuenta de que Dios era el
amor incondicional. Después de esa «revisión» de sus vidas ya no lo culpaban a
Él como responsable de sus destinos. Se dieron cuenta de que ellos mismos eran
sus peores enemigos, y se reprocharon el haber dejado pasar tantas ocasiones
para crecer.”
De nosotros depende cambiar la visión de la muerte. Al
conciliar los dos extremos del tiempo: pasado y futuro, logramos apreciar el
presente con la espontaneidad de la niñez y la serenidad de los años. Aprender
a morir es aprender a vivir, desde el sentido de la unidad hacia un Todo
contenida en cada instante.
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