Levantarse también es volver a la vida

 

Créditos:
Annie Hatuanh

La fuerza que nos sostiene

La capacidad del espíritu para ayudarnos a levantarnos del piso no siempre llega como una certeza. A veces es apenas un movimiento interior: una respiración más profunda, el deseo de hablar con alguien, la decisión de salir de la cama o la intuición de que todavía queda algo por vivir.

¿De dónde nace esa fuerza? Quizá de muchas fuentes que, en ciertos momentos, se encuentran: del amor que recibimos y que sigue habitándonos, de la fe que nos hace sentir acompañados, de una persona que pronuncia nuestro nombre con ternura. También puede surgir de la necesidad íntima de descubrir qué sentido podría tener aquello que aún no comprendemos.

El espíritu no evita el dolor. No cambia los hechos ni devuelve, intacto, lo que hemos perdido. Su fuerza consiste en recordarnos que la herida forma parte de nuestra historia, pero no puede explicarla por completo. Somos más que aquello que nos ocurrió; más que el error que lamentamos, la despedida que nos quebró o la etapa en que dejamos de reconocernos.

Levantarse no quiere decir que todo esté resuelto. Significa que, aun con preguntas abiertas, empezamos a participar de nuevo en nuestra propia vida.

El rostro de la valentía

Ser valiente no es vivir sin miedo ni aparentar serenidad mientras por dentro se derrumba el mundo. A veces, la valentía empieza cuando dejamos de exigirnos una fortaleza que no tenemos y nos atrevemos a nombrar lo que nos pasa: “Estoy triste”, “no puedo con todo”, “tengo miedo” o “necesito ayuda”.

Llorar puede ser una forma de decir la verdad. Apretar los dientes, una manera de atravesar el momento difícil. Gritar, quizá, el primer gesto de un cuerpo que ya no quiere seguir guardándolo todo. Ninguna de estas respuestas nos vuelve menos dignos. Son expresiones humanas ante aquello que nos sobrepasa.

Pero avanzar también exige escucharnos. No se trata de soportarlo todo ni de convertir el sufrimiento en una prueba de mérito. Hay ocasiones en que continuar significa buscar apoyo, descansar, pedir orientación o poner un límite. El coraje no siempre nos empuja a hacer más; a veces nos ayuda a reconocer lo que necesitamos para no abandonarnos.

La vida no nos pide que seamos invulnerables. Nos invita a estar presentes, incluso cuando solo podemos hacerlo a medias.

Contar de nuevo la historia

Cuando sufrimos, la mente vuelve una y otra vez a ciertos episodios. Repasa lo que perdimos, lo que no supimos hacer y lo que habría podido ser distinto. Esa revisión nace del deseo de comprender, aunque puede encerrarnos en una sola versión de nosotros mismos: la persona herida, culpable o derrotada.

Contar de nuevo no significa borrar los hechos ni cubrirlos con una interpretación alegre. Significa ampliar la mirada. Recordar que también hubo gestos de cuidado, decisiones difíciles que sí pudimos tomar, personas que estuvieron cerca y momentos en que, aun sin saber cómo, continuamos.

En una vida caben varias verdades a la vez: algo pudo hacernos daño y, aun así, no destruir toda nuestra capacidad de amar; pudimos equivocarnos y conservar la posibilidad de reparar; pudimos perder una dirección sin perder para siempre el sentido de caminar.

Tal vez hoy no sepamos qué viene después. No necesitamos comprender el camino completo para dar el siguiente paso. A veces basta con levantarse, comer algo, abrir una ventana, contestar un mensaje o aceptar compañía. Lo pequeño no resuelve la existencia, pero puede devolvernos al presente, el lugar desde donde la vida vuelve a llamarnos.

A pesar de todo, decir sí

“A pesar de todo, decir sí a la vida” es una frase asociada a Viktor E. Frankl, creador de la logoterapia, y también el título de una de sus obras. Frankl sostuvo, incluso después de atravesar experiencias extremas, que el ser humano conserva la posibilidad de buscar sentido y elegir su actitud ante las circunstancias.

Decir sí a la vida no significa aprobar todo lo que sucede ni encontrar de inmediato una explicación para cada pérdida. Significa admitir que, en medio de circunstancias que no elegimos, aún podemos buscar una respuesta propia.

Como logoterapeuta, considero que encontrar sentido es una base esencial de la libertad interior. No siempre podemos escoger lo que nos sucede, pero podemos explorar qué respuesta queremos ofrecer y qué valor deseamos proteger. Esa libertad no elimina el dolor: nos ayuda a no entregarle por completo la dirección de nuestra vida.

El sí puede pronunciarse entre lágrimas: “Hoy voy a intentarlo”, “voy a dejar que me acompañen”, “no sé cómo será mañana, pero cuidaré de este día”. No hay que decirlo con entusiasmo para que tenga valor. Basta con que nazca de un deseo sincero de no renunciar a uno mismo.

Ser humanos, ser amados

Ser humanos es ser imperfectos. Nos equivocamos, tememos, dudamos y, en ocasiones, herimos a otros o nos herimos a nosotros mismos. Hay días en que respondemos con generosidad y otros en que apenas conseguimos sostenernos. Esperar que seamos impecables para merecer amor es pedirnos que dejemos de ser humanos.

La fe ofrece una imagen capaz de tocar esa herida: Dios nos conoce enteros y nos ama en nuestra condición real. No solo cuando acertamos, cuando estamos fuertes o cuando logramos satisfacer las expectativas ajenas. También cuando estamos confundidos, avergonzados o cansados de intentar.

Esa aceptación puede convertirse en una raíz profunda de la autoestima. No porque nos declare perfectos, sino porque nos recuerda que nuestro valor no desaparece con cada error. Podemos reconocer lo que debemos cambiar sin tratarnos como indignos de amor. Podemos responsabilizarnos sin condenarnos. Podemos crecer desde la aceptación, no desde el desprecio.

Quizá la fuerza que nos levanta venga de la fe, de los vínculos, de la memoria o de una parte de nosotros que todavía espera encontrar sentido. Tal vez no podamos identificarla en el momento. Pero estuvo allí cuando, después de tocar el piso, buscamos apoyo.

Entonces respiramos. Lloramos, si hace falta. Pedimos una mano. Y, cuando podemos, damos un paso. No porque el dolor haya desaparecido, sino porque nuestra vida todavía nos pertenece.

Levantarse es permitir que la esperanza vuelva a entrar, incluso cuando todavía no sabemos qué hará con nosotros.

Por: Armando Martí 


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